La Moneda

¿Que cosas valen 20 céntimos de Nuevo Sol?. Tengo todo el tiempo del mundo para pensar en ello. Con 20 céntimos puedo comprar un cigarrillo Hamilton, unos chicles Trident un par de caramelos de limón. Con 20 céntimos de Nuevo Sol puedo colaborar con la lucha contra el cáncer en una de esas innumerables colectas que suceden en mi ciudad o apoyar a esos artistas callejeros que en las esquinas hacen maromas con pelotas y botellas por una pequeña propina para comprar alimentos y drogas.

Hay muchas cosas que podrían valer 20 céntimos de Nuevo Sol, pero seguramente, entre todas las ideas que pudiesen ocurrírsele, apreciado lector, difícilmente pasaría por su cabeza la idea de que 20 céntimos fuese el valor de una vida humana, mi vida humana.

Mi nombre es Jorge García, y estoy muerto. Soy, o debería decir fui, un limeño de edad media habitante de un cono de Lima. No escogí el lugar en el cual vivir, tampoco en el cual morir. Los últimos años de mi vida transcurrieron con mucha tensión en la casa de mi suegra, ello gracias a mi esposa y su “solución temporal” mientras buscábamos un lugar propio para vivir. Pasaron 8 años desde entonces.

El lado positivo es que Sandra, mi esposa, tiene ahora un problema menos, ya no tendrá que seguir buscando una casa para nosotros, y podrá seguir viviendo en esa cueva de dragón de Los Olivos. En fin, con suegras como la mía, y considerando mi actual condición, soy certero al decir: Prefiero estar muerto que malviviendo con ella.

Que la dureza de mis últimas líneas no lo predispongan mal hacia mí, apreciado lector, al fin y al cabo, soy yo la víctima de la situación que generó el final de mis días, cuyos hechos narraré a continuación.

Para un empleado como yo, la llegada del Viernes era uno de los acontecimientos más importantes de la semana, la esperaba con ansias desde la primera hora del Lunes y cada uno de los días que despertaba en esa semana. Reunión tras reunión, correo tras correo, la expectativa por la llegada del Viernes me daba una esperanza en medio del tedio de los días en la oficina. Y no es que hiciera algo especial el Viernes, era simplemente que era Viernes, y de por sí, y sólo por ello, ese día era maravilloso.

Bueno, aquel Viernes finalmente llegó, y me desperté feliz. Sandra se había levantado minutos antes para preparar el desayuno, y yo inicié mi rutina de aseo para ir a la oficina, encendí la radio y sonaba Piazza, New York Catcher de Belle & Sebastian. Ese día no podía empezar mejor.

Bajé al comedor con mi traje de los Viernes, mi mejor corbata y una sonrisa de oreja a oreja. Mi esposa aparecía ahí iluminada, sirviendo el desayuno, y al verme sonrió, vaya que día bueno sería ese pensé. Pero las historias tienen villanos, apreciado lector, y justo en ese momento escuché el bramido de la respiración de mi suegra y sus pasos, que arrastraban las chancletas viejas que siempre usaba, dirigiéndose hacia el comedor también. Ya antes de cruzar el portal gritó – ¡Sandra, ya despertó ese ocioso de tu marido! – ella sabía que yo estaba ahí, no lo dudo, pero no le importaba nada que yo la escuche. Apuré mi pan con huevo frito y café, con la esperanza de pasar el menor tiempo posible junto a esa versión femenina de Godzilla doméstico, pero no logré terminar antes de que ella llegue. Mi suegra entró y ni siquiera me saludó, se sentó, y lo primero que me dijo es: Ya es fin de mes y hay que pagar los servicios, ¿cuándo lo harás?¿no sabes que la luz y el agua no llegan gratis?. Yo ya había pagado los servicios el mismo día que recibí mi sueldo, una semana antes, pero no tuve ganas de decírselo, sólo la miré, puse cara de tonto, y le dije que lo haría ese mismo día. Mi suegra se regodeó en su victoria, sonrió y se levantó con una gracia inusual, resultado del incremento en su autoestima luego de aquella demostración de poder que acababa de realizar y se acercó a la cocina para coger la tetera de té. Yo observaba su despreciable humanidad de reojo, con esos ruleros de colores y esa bata que alguna vez fue blanca y que ella no se quitaba nunca, ni siquiera cuando salía a comprar alguna cosa en la bodega de la esquina, masticando mi amargura.
 
De pronto, noté que cerca de su chancleta izquierda, ahí tirada en el suelo brillaba una moneda amarilla, las monedas amarillas de diez o veinte céntimos no tienen mucho valor, pero aquella era más que una simple moneda, sentí que representaba un trofeo para mi dignidad humillada esa mañana y muchas otras desde hace 8 años. Estaba seguro de que era algo mío y debería tenerla. Solté mi taza de café, me levanté de la silla lentamente y me acerqué para tomar la moneda, mi suegra debió haber notado mis movimientos a pesar de estar de espaldas pues cuando ya estuve a punto de recogerla, ví su enorme pie izquierdo pisarla. Levanté la mirada, y ví sus ojos mirándome hacia abajo y su boca formando una sonrisa burlona – jajaja, rió, así que además de parásito improductivo, eres también un ladrón, lárgate de mi casa y ni pienses en recoger mi dinero – me dijo. En ese momento ya no me quedaba más dignidad que gastar, no pude ignorarla, ni hacerme el tonto, algo dentro de mí hervía y me impulsaba a enfrentarme a ese monstruo, y así resarcir mi persona mancillada. Contuve la respiración, mantuve la mirada y casi sin darme cuenta, con un impulso y una fuerza que no recordaba que tenía, la empujé y liberé la moneda de su pie. Cuando la ví, ahí reluciente, sentí un poder misterioso que llenaba mi cuerpo, la recogí, me dí la vuelta y mientras me alejaba lentamente sentí como la moneda calentaba mi mano, como si fuese una pequeña parte del sol caída en la tierra. La moneda era mía, era mi tesoro. En mi éxtasis apenas escuché un grito de Sandra, que se había mantenido como ausente durante la riña con mi suegra, casi de inmediato caí al suelo y todo empezó a desvanecerse. Con un último esfuerzo ví la moneda aún fulgurante en la palma de mi mano, y sonreí. El ruido de la tetera de té cayendo de las manos de mi suegra acompañó la oscuridad total que veló mis ojos.
 
Así es como acabó mi vida, apreciado lector, lo sé pues hace un tiempo ya que todos los días parecen Viernes, no hay más Lunes, y aunque veo a Sandra, ella parece ignorarme, y mi suegra ha dejado de tratarme mal. He intentado salir de casa alguna vez a visitar a algún amigo para conversar y cada vez que salgo por la puerta, extrañamente aparezco en la sala de la casa, sin lograr salir nunca. He quedado atrapado para siempre en la casa de mi suegra, por 20 céntimos de Nuevo Sol, en un Viernes eterno.

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